Presentación «Tratando de tiburones». La aventura real del buzo español que más horas ha nadado entre tiburones.

Comparteix aquest post...

Presentación del libro:

«Tratando de tiburones con Karlos Simón». Autor: Alfonso Mateo-Sagasta.

Presentación por parte de los autores. Incluye apartado audiovisual. Conducirá el acto Mariola Nos.

Hora: 18.00 horas
Lugar: Centro Sociocultural, salón de plenos. Peñíscola
Organiza: Ayuntamiento de Peñíscola. Concejalía de Cultura.

REINO DE CORDELIA publica una aventura literaria ilustrada a todo color con sorprendentes imágenes de los fondos marinos: Tratando de tiburones. El español Karlos Simón se ha convertido en uno de los mayores especialistas del mundo en bucear con tiburones.

El novelista Alfonso Mateo-Sagasta ha reconstruido su vida en un viaje apasionante por las aguas de medio mundo siguiendo las aletas de estos monstruos marinos: desde los huidizos nodriza, cebra y guitarra hasta el temido tiburón blanco. Se trata también de un viaje literario, que recuerda otras aventuras de Gabriel García Márquez, Herman Melville, Julio Verne, Serpa, Castellanos o Hemingway… El libro se ilustra con fotografías a color de las inmersiones con los ballena en Yibuti, los cardúmenes de tiburones martillo en Coco y Galápagos, puntas negras oceánicos y blancos en Sudáfrica, sedodos y coralinos en el Caribe, toro en Australia y longimanus en el Mar Rojo, para acabar con sus experiencias sobre inmovilidad tónica con tiburones limón y tigre.

Los autores

Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, 1960) , historiador y escritor, ha publicado hasta el momento numerosos relatos y artículos, dos ensayos y siete novelas, entre ellas la trilogía protagonizada por Isidoro Montemayor: Ladrones de tinta (2004), El gabinete de las maravillas (2006) y El reino de los hombres sin amor (2014). Las tres, Premio Espartaco de Novela Histórica, y la primera, además, Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza. Sus otras novelas son El olor de las especias (2002), Las caras del tigre (2009), Caminarás con el sol, III Premio Caja Granada de Novela Histórica (2011), El poeta cautivo (2011) y Mala hoja (2017). Uno de sus ensayos se titula Apuntes sobre el mundo de don Quijote (2016) y el otro La oposición. Un relato sobre la invención de la historia (2016).

Karlos Simón (Madrid, 1967) es empresario de la industria del buceo,formador de instructores PADI —con más de 4.000 alumnos certificados—, cámara submarino y experto en tiburones. Desde 1988 ha realizado más de 9.000 inmersiones en los mares de los cinco continentes, y cuenta con una decena de premios de formación. Ha dado numerosas conferencias (National Geographic, TEDX) y dirigido el documental titulado Cozumel, un paraíso en el Caribe maya (2015), ganador del Delfín de Plata en el Festival de Cannes y la Barandilla de Bronce del Festival de Cine Submarino de San Sebastián, entre otros galardones. Colabora periódicamente en revistas especializadas como Oxígeno y Buceadores, donde lleva una sección titulada «Mi vida con tiburones». Ha protagonizado la serie de TVE Hundidos (2018), que recorre en trece capítulos otros tantos pecios de la costa española.

Prólogo de Alfonso Mateo-Sagasta

Mis padres eran personas normales. Aunque ambos eran artistas, mi madre renunció al ballet cuando ya no pudo disimular su primer embarazo, y mi padre se buscó un trabajo estable tan pronto constató que el bel canto y el mundo de la farándula no le ofrecían suficiente garantía como para sacar adelante a una familia.

[…] Empecé a esquiar con trece años, a la vez que a practicar artes marciales. Probé jiu-jitsu, luego fullcontact y acabé compitiendo en taekwondo.

[…] A los veinte yo ya era un orgulloso monitor de esquí, y estaba tan volcado en la profesión que, con vistas a mejorar mis condiciones laborales de la siguiente campaña de Semana Santa, me apunté en Navidad a un curso de saltos en Sierra Nevada. El curso duraba seis días, pero yo apenas llegué al segundo.

[…] Era el 28 de diciembre de 1987, día de los Santos Inocentes. Nunca lo olvidaré. Una costra de hielo parcheaba la pista, de modo que se hacía imposible frenar. No recuerdo cómo caí hacia adelante. Las botas eran rígidas y las ataduras fijas. Rodé como un pelele y acabé con una mala luxación de rodilla y tobillo. Mes y medio escayolado de los pies a la cadera, y luego una lenta rehabilitación que se prolongó casi hasta el verano. A quien me hubiera dicho que aquel accidente iba a ser providencial en mi vida, lo habría matado. Cuando llegó Semana Santa y vi que aún no podía reincorporarme a mi puesto de monitor, decidí irme a Cuba. Si la montaña me estaba vedada, el Caribe no parecía mal remedio para la tristeza. Además, deseaba conocer la Cuba de la revolución, y lo hice antes de que la caída del muro de Berlín, la perestroika y la glásnost de Mijaíl Gorbachov arrastraran tras de sí el sueño del Che como latas tras un automóvil de recién casados.

[…] Pasamos tres días en La Habana, en el Hotel Presidente, y luego nos fuimos a terminar las vacaciones a las playas de Varadero. No recuerdo el nombre del hotel, pero en la piscina había un anuncio de un centro llamado Marina Aqua que ofrecía bautismos de buceo a los residentes. Mi experiencia con el buceo era nula,

[…] pero me apunté a aquel bautizo, primero en la piscina del hotel, y luego en el mar. Nunca olvidaré al instructor. Tendría unos diez años más que yo, era un tipo de aspecto caucásico, alto, fuerte, de pelo color castaño con las puntas aclaradas por el sol y un bigote acabado en punta, rubio y salvaje como de húsar en campaña. Se llamaba Alside, y en medio de su tez curtida brillaban socarrones sus ojos color zafiro. Desde que empecé a tener mis propios alumnos he pensado muchas veces en él y en lo importante que es dar al principio de una carrera con alguien que tenga ganas de enseñar.

[…] Cuando Alside estuvo satisfecho de nuestros progresos, nos llevó al mar, a Cayo Piedra, cerca de Varadero, a bucear en un barco hundido a unos doce metros de profundidad. Aquella primera inmersión en el mar cambió mi vida, y eso que al principio todo se me puso de cara.

[…] Recuerdo el barco hundido, el paisaje tenebroso, la luz opalina, la nube de cieno en suspensión por la lucha de los instructores para sacar a los tiburones del pecio agarrándolos por la cola, y la paciencia vacuna de esos animales a los que yo creía devoradores de hombres.

[…] Yo no sabía aún qué era un tiburón nodriza, solo sentí que aquellos enormes animales (el grande mediría más de dos metros y medio, que debajo del agua me parecieron cinco), en vez de miedo y repulsión, me provocaron ternura y paz. Salí del agua eufórico. Me gustó tanto la experiencia —los tiburones, el barco hundido, la sensación de ingravidez, la respiración bajo el agua—, que hice dos inmersiones más, y al salir de la tercera, Alside me puso la mano en el hombro y con voz pausada me dijo: «Buceas bien, ya verás como te vas a dedicar a esto». Aquellas palabras prendieron en mi corazón una llama que acabó por arrasarlo todo. Lo primero que hice al regresar a España fue sacarme el título de buceador deportivo e incorporar el buceo al resto de mis aficiones, al principio por detrás del esquí y la escalada, mientras mi vida profesional seguía un rumbo totalmente distinto. Hice un máster en Informática, entré a trabajar como programador en una entidad bancaria, luego me contrataron de jefe de informática en una empresa francesa… Me iba muy bien, ganaba mucho dinero, tenía coche, moto y veintitrés años, pero en mi mente se repetía sin parar la frase de Alside: «… te vas a dedicar a esto». Tanto me pesaba que empecé a interesarme por la costa granadina y a soñar cómo sería mi vida si de verdad me animara a dar el paso. Al final fue en el Club Náutico de Motril donde descubrí el pequeño local de cuarenta metros cuadrados que estaba llamado a convertirse en la sede de un sueño. Había llegado el momento.

[…] El 1 de abril de 1993, cogí el coche, mi moto —una Suzuki GSXF 750—, el título de buceador deportivo de dos estrellas y me planté en la costa dispuesto a empezar una nueva vida. Lo primero que hice fue reformar el local, adquirir equipos, compresor, comprar un barco inadecuado y contratar a un instructor ladrón.

[…] Lo que ha marcado mi ritmo profesional es la grabación de vídeos submarinos y el buceo con tiburones, la lenta y progresiva aproximación a esos animales apasionantes. En el camino he dado muchos palos de ciego. No soy biólogo, ni etólogo, ni químico, ni genetista. Mis observaciones son las de un buceador que ama el mar y sus criaturas, y que desearía contagiar a los demás la pasión que siente.

https://www.reinodecordelia.es/wordpress/wp-content/uploads/2018/12/Primeras-pa%CC%81ginas-Tratado-de-tiburones.pdf

Noticias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *